TEMOR A LO DESCONOCIDO
Leonor Balderas
Son muchas las personas en la vida que se preguntan: Y después
de la muerte del cuerpo físico, ¿qué se oculta? Es
lógico que queramos saber lo que a todos los humanos nos aguarda
en ese otro mundo que nadie hemos visto o que nada recordamos de él.
Los que creemos en la reencarnación, sabemos que cuando nos marchamos
de aquí, habrá algún lugar donde se nos acogerá
hasta otra nueva reencarnación en el planeta Tierra, pero entre una
y otra distancia, cuando llegamos aquí nada recordamos del pasado,
ni sabemos lo que nos aguarda en el futuro. Lo que sí sabemos a ciencia
cierta es que todo cuanto nos sucede aquí y allá, guarda una
estrecha relación en el comportamiento que tengamos cada cual con
nuestras formas de enfocar la vida, con las ideas altruístas en defensa
de los más debilitados, con nuestra bondad de corazón y ese
constante afán que todos debemos llevar en mejorar nuestras virtudes.
Porque, si sabemos que existe una ley justa de causa y efecto, y esa ley
ni puede quitar ni poner, sino a cada cual dará lo que en justicia
merezca. Y cuando nos vamos de aquí es cuando veremos con claridad
el error de nuestros fallos, y el valor de nuestras buenas acciones.
En este mundo andamos todos revueltos, los buenos, los malos y los regulares.
Pero allá es muy diferente, cada cual ocupará el lugar que
le corresponde según su escala de valores, de elevación o ceguera
en su propia alma
Leí en un libro algo curioso. Que una señora desencarnó.
En su religión, le había prometido que por sus buenas obras
en la Tierra, iría al Paraíso. Pero al llegar allá,
no podía encontrarlo, y en medio de su desencanto gritaba: ¿Dónde
está el Paraíso que me prometieron? Y una voz le contestó:
¿Qué hiciste de bueno en la Tierra para merecerlo? Ella respondió:
Di muchas limosnas, ¿pero y de los esclavos que tenías? ¿Los
trataste bien? Bueno, es que ellos eran esclavos y estaban a mi servicio.
¿Acaso creías que ellos no tenían sentimientos? ¿Que
ellos no sentían humillación cuando los maltratabas u ofendias?
¿Que no tenían alma racional como la tuya, ni merecían
una consideración ni un respeto? ¿Y el dinero que malgastaste
en cosas superfluas y vanas, cuando a tu lado la gente gemía por hambre
y miseria? Y cuando tú socorrías a alguien, ¿lo hacías
para descargar tu conciencia, pensando con ello comprar un trozo de cielo?
¿O te mandaba un sentimiento noble de amparar al que padece dolor
y necesidad sin pensar en la recompensa de mañana?
¡Cuántas equivocaciones sufriremos cuando lleguemos allá,
si pensamos encontrar la gloria sin molestarnos jamás!
Hay que poner sentimientos
en lo que se vaya a hacer
y que el corazón te mande
la obligación de un deber.
Que nada se haga fingido
que nos pueden resultar
los papeles del revés.
Y allí el engaño no existe
ni la maldad puede entrar
donde haya seres puros
que consiguieron llegar.
Surcando la mar bravía
y los ásperos caminos
que tuvieron que pasar
sin quejas al infinito
ni protestas al andar.
Sólo una fe inquebrantable
todos ellos mantuvieron,
y su bandera muy alta
con afán la sostuvieron.
Dando ejemplo a los demás
en sus formas de actuar,
esa es la mejor manera
que hay para progresar.
(Originalmente publicado en la Revista LA HORA
DE LA VERDAD - Marzo/Abril 2003)