Suicidio - ¡El
gran crimen!
Cosme Mariño
El cuerpo constituye
un gran bien para el Espíritu que, por su intermedio, adquiere valores
para su perfeccionamiento.
Cuidar de todas sus funciones, amparándolo, aunque sea portador de
límites e insuficiencias, es un deber impostergable para las criaturas.
En su organización íntima, dos instintos se presentan con fuerza,
estimulando el área de la razón: la preservación de
la vida y la búsqueda de la felicidad.
Concedido por Dios al ser, solamente a Él pertenece el derecho de
interrumpirle el flujo vital, por medio de acontecimientos apropiados para
ello.
Ante las enfermedades y sinsabores que gastan sus resistencias, es lícito
atenuar los efectos, preservándole las funciones cuanto sea posible,
con el objeto de mantenerlo saludable.
Nada debe imponérsele como motivo de destrucción, puesto que
ello repugna a la conciencia personal, social y cósmica, porque toda
acción nefasta y cruel en contra de la vida afecta igualmente al organismo
general en el cual ella se mueve.
Son innumerables, por lo tanto, las razones que se oponen a este acto deliberado
de odio en contra de la vida, de extrema rebeldía, que es también
una forma de locura cultivada hasta el momento del paso fatal.
El suicidio es, sobre todo, un supremo acto de cobardía, una declaración
de que se es inepto para la lucha y que se ha escogido el método más
fácil de huir de la labor y de desempeñar el papel que le corresponde
cumplir en el concierto social.
Los epicúreos y los estoicos proclamaron que el suicidio es un acto
de valor, como si fuera un sinónimo de grandeza moral, como ahora
afirman algunas corrientes materialistas que pretenden enseñar técnicas
de suicidio sin dolor.
Se atribuye a Schopenhauer una respuesta muy curiosa, dada a un alumno suyo.
Mientras enseñaba que el suicidio era la única solución
para los problemas humanos, aquél le preguntó: "¿por
qué él no se mató, ya que alcanzó la vejez y,
ciertamente, tuvo muchas dificultades en la vida?"
El filósofo contestó: "Si yo me quitara la vida, ¿quién
les enseñaría a ustedes a matarse?"
El suicidio, ante las luces de la sana moral, o de una moral afín
con la razón, es siempre condenable, puesto que no hay motivos valederos
que impongan al hombre la destrucción de su cuerpo.
Aun cuando se dice que el suicidio se justifica para limpiar el deshonor
de la vida, esto es un sofisma, puesto que la única forma de lograr
desmentir la deshonra, es permanecer viviendo y luchando para demostrar el
valor moral, corregir el daño y recuperarse moralmente.
Con excepción de los psicóticos y anómalos mentales,
el suicidio medra como plaga entre los hedonistas y materialistas que, de
la vida, solamente quieren el placer y nada más.
La vida tiene un curso que debe ser recorrido y el hombre sabe que los acontecimientos
resultan de acciones anteriores que los programan, como consecuencias naturales
unas de las otras.
Toda reacción procede de una acción primera.
Por eso, la búsqueda de la felicidad debe apoyarse en valores éticos
que no estén en contraposición con las leyes que rigen la vida,
presentando directrices comportamentales que someten la voluntad a los factores
propiciatorios del bienestar y de la armonía.
Cuando alguien toma su última decisión, la de quitarse la vida,
cae bajo las sanciones naturales que su actitud propicia, desencadenando
sufrimientos que empeoran su situación en vez de solucionarla.
El suicida quiere huir de la vida y por más que lo intente, la vida
le sorprende después.
No siendo el cuerpo la vida en sí misma, sino la indumentaria transitoria
del Espíritu, los atentados en su contra producen daño en la
estructura periespiritual, que incorpora la violencia a ese mundo energético
que irá a constituir, en otra existencia, el vehículo material
para el rescate inevitable de tal crimen.
La vida tiene una finalidad muy bien definida en todos sus atributos.
Interrumpir sus funciones orgánicas, significa lesionar sus campos
vibratorios encargados de las expresiones fisio-psíquicas.
El suicidio es, por lo tanto, un acto de aberración, el más
grave atentado en contra de la Conciencia Divina encargada del equilibrio
universal.
De este modo, el transgresor del orden se transfiere de uno a otro estado
energético, sin que salga de sí mismo, adicionando a sus antiguas
penas las nuevas adquiridas por su propia voluntad.
Los remordimientos, en forma de gusanos que le devoran la paz, constituyen
el más tremendo castigo que se impone el tránsfuga de la responsabilidad,
cuando huye por la puerta falsa del suicidio.
Además, los efectos negativos que pesan en la economía moral
y social del grupo donde vivía, como en la familia, son incorporados
a su crueldad mental, ya que su actitud responde por los daños que
afectan a aquellos que ahora sufren su deserción.
Por estar el mundo espiritual constituido por una sociedad real, pulsante,
aquellos que allí llegan en fuga de sus deberes, experimentan las
angustias derivadas de su situación de miserabilidad emocional y desconcierto
íntimo, que reflejan la disposición negativa e ingrata de sus
personalidades.
Así vuelven a la Tierra, los Espíritus deudores, reencarnándose
avergonzados, sometidos a pruebas muy dolorosas que los invitan a profundas
meditaciones y amargos testimonios para que se les renueve la fé en
Dios, en sí mismos y en su prójimo.
Nadie logra aniquilarse a sí mismo, cuando embiste en contra del cuerpo.
Los dolores y frustraciones que hacen la vida menos dichosa, son bendiciones
que el hombre valorará en el futuro, cuando el vehículo de
las horas le lleve al término de sus sacrificios.
Verdaderamente, nadie hay en la Tierra, que no esté sometido a problemas
y sufrimientos, que son la metodología para la iluminación
espiritual.
Cada cual, es su microcosmo personal, avanza bajo condiciones específicas,
que resultan de sus conquistas y pérdidas morales, méritos
y deméritos espirituales, que constituyen su patrimonio evolutivo.
Por más amargas que sean las situaciones de la marcha y por más
oscuros que se presenten los recodos del camino, es necesario encender la
luz de la confianza en Dios, adquiriendo fuerzas y fe para no desanimarse
nunca.
Lo que hoy se sufre, mañana será goce, así como lo que
ahora se disfruta, más tarde puede presentarse como falta.
La razón y la inteligencia, manifestaciones de Dios en el hombre,
dicen con seguridad que él no debe ni puede matar o quitarse la vida,
¡nunca!
El antídoto del suicidio es la oración, que debe resultar de
una sólida formación moral y religiosa como aquella que el
Espiritismo propone, enseñando que la vida, con sus actuales pruebas
y dificultades, no es sino una oportunidad de rescate y crecimiento para
la conquista perdurable de la paz espiritual.