Relaciones Sexuales
en el Matrimonio
FEE
La Humanidad
que habita la Tierra, planeta de expiaciones y pruebas, todos lo saben, está
más próxima al reino animal (por donde las leyes de progreso
la hicieron pasar antes de que alcanzase el estado actual de su evolución
anímica) que al de la condición angelical a que debe llegar,
consonante a la gloriosa destinación que le fué trazada por
el Creador.
Por eso, la perfección moral, entre nosotros, sólo existe como
una luz distante a iluminar nuestros pasos, tardíos y vacilantes,
por las asperezas y escollos del camino. O, en otras palabras, como un ideal
sublime cuya culminación exigirá todo un aprendizaje de autodominio,
disciplina, responsabilidad, abnegación y ternura, a demandar a cada
alma experiencias difíciles y purificadoras, que sólo en milenios,
vida tras vida, se logrará cumplir.
Urge, pues, se reconozca, sin hipocresía, que el impulso sexual es
todavía uno de los factores predominantes de la conducta humana, debiendo
ser tomado en la debida cuenta, tal como es y no como nos gustaría
que fuese, ya que ejerce enorme influencia en la vida conyugal.
Está más que probado que un perfecto ajustamiento sexual garantiza
el equilibrio sentimental de los cónyuges, predisponiéndoles
a una recíproca tolerancia, del mismo modo que las insatisfacciones,
en este dominio, les hace sentirse desarmonizados con ellos mismos, inclinándoles
a considerar imperdonables las más mínimas indelicadezas.
Las relaciones sexuales de los recién casados, de los esposos de mediana
edad y de los que estén próximos a conmemorar las bodas de
oro, aunque decrecientes en lo tocante a frecuencia, pues cada edad tiene
su ritmo propio, deben conservar, siempre, el mismo valor, o sea, deben continuar
siendo la expresión máxima del amor que los unió un
día, prometiendo la felicidad.
Es lamentable que no pocos cónyuges encaren el matrimonio como una
especie de negocio que, una vez cerrado, les dispensa de cualquier cuidado
en el sentido de agradar, amarrar y seducir al compañero, con lo que
matan todo el encanto de la vida en común.
Otros, hacen todavía peor. Olvidándose de que el contrato matrimonial
les impone deberes recíprocos, rompen unilateralmente los compromisos
asumidos, sin la menor atención para con el compañero, ofendiéndole,
así, en sus legítimos derechos.
El Dr. André Berge, director del Centro Psicopedagógico "Claude
Bernard", en Francia, una de las mayores autoridades en materia de Psicología
y Educación, discurriendo sobre los motivos que impelen a muchas parejas
a la separación y al divorcio, advierte con la franqueza que se hace
necesaria en tal asunto:
"Las dos causas mayores de la declinación de la vida de casado es
la desvalorización del acto amoroso y la negligencia del clima sentimental.
El hombre y la mujer no toman en debida consideración las exigencias
de la naturaleza del otro; el amor masculino, al lado de un tierno impulso
hacia un objeto definido, supone una necesidad física cuya satisfacción
no depende enteramente del objeto que la provoca, El amor femenino es igualmente
hecho de una necesidad personal (necesidad de atenciones delicadas y pequeños
cuidados afectuosos) que se ven acrecentar en la elección amorosa,
pero no depende enteramente de ella. Por no aceptar esas verdades y no querer
comprender, muchas mujeres se irritan por tener que satisfacer a una necesidad
para la cual no se sienten insustituibles y acaban por repeler los agrados
de los maridos o, por lo menos, por mostrarles impiadosamente el poco placer
que tienen en eso. Muchos maridos, igualmente, incomprensibles, se olvidan
de mostrar a la esposa el lugar de elección que ella ocupa en su vida;
mas, hartos de sentir que su amor es soportado como una tediosa obligación,
lo reducen cada vez más, apenas a lo que les parece esencial, pudiendo
esa actitud aumentar así la decepción de aquella de quién
les gustaría sentirse amados. De ahí resultan para los dos
lados, malentendidos e insatisfacciones. Si la vida de la pareja se desune
o zozobra en la indiferencia, cada uno puede sinceramente creerse víctima,
por no haber meditado sobre la observación tan justa y profunda del
Dr. Richard, de Neuchatel, que señala, en su libro sobre la Psicología
y la Moral, que la mayoría de los casos es la no satisfacción
mucho más que las tentaciones - lo que lleva al hombre o a la mujer
a buscar placeres extraconyugales. El hombre no comprende el valor de los
"pequeños obsequios" y se olvida de que se puede dar regalitos incluso
a la esposa; ésta no comprende que hay en las necesidades físicas
de su marido algo de mucha importancia, incluso sobre el punto de vista moral,
para la felicidad del hogar, e incluso para el interés de los hijos.
Hay esposas que se enorgullecen casi de saber evitar las tentativas de aproximación
del esposo; no se admiren después de que haya tantas parejas desajustadas
o que, aparentemente unidas, viven dominadas por un nerviosismo creciente,
siempre a punto de traducirse en un mal humor, cuyo origen escapa a los observadores
superficiales; los niños sufren los efectos del ambiente insoportable
que reina en casa, sin poder comprender la razón. Después que
entran en juego las decepciones, los rencores se acumulan y raros son los
que saben subir de nuevo la cuesta fatal. Uno u otro de los cónyuges
puede llegar a procurar fuera compensaciones que oscurecen todavía
más el horizonte. A veces, las decepciones encuentran otras salidas
menos graves, aparentemente: el hombre se consagra cada vez más a
su profesión, o la mujer procura dedicarse a los hijos. Esa solución
del problema no satisface, porque si es normal, bueno y útil que el
hombre tenga una profesión por la cual se interese y se apasione,
que la mujer tenga hijos a quienes ame y de quienes se ocupe con amor, ternura,
dedicación, no deja todavía de ser triste que la profesión
sobrepase la vida conyugal o que el amor de los hijos se contraponga al amor
conyugal."
(La Educación Sexual y Afectiva, tercera parte, pgs. 227-29
de la 2a. edición, Agir).
Que cada hombre tenga su mujer y cada mujer, su marido. Que el marido realice
su deber en relación a la mujer y de la misma forma la mujer en relación
a su marido. La mujer no dispone de su cuerpo, pero si el marido.
De la misma suerte el marido no dispone de su cuerpo. pero sí la mujer.
No os rechacéis el uno al otro, a no ser que sea de común acuerdo
y por algún tiempo... Después retornad a la vida en común
para que no seáis tentados a prevaricar.
(Paulo, 1 Cor., 7:3-5)
La comunión sexual injuriada o pérfidamente interrumpida acostumbra
a generar dolorosas repercusiones en la conciencia, estableciendo problemas
cármicos de solución, a veces, muy difícil, pues nadie
hiere a alguien sin herirse a sí mismo.