REFLEXIONES

Leonor Balderas

Cuentan, que en un lugar del planeta, vivía un hombre que constantemente se lamentaba de la pesada carga que tenía que soportar, eran grandes sus desgracias, y a punto estaba de llegar al límite de la paciencia que le quedaba, cuando un día llegó hasta su puerta otro hombre que en pocas palabras le contó a aquel lo que a él le sucedía.

Venía de un país lejano, donde vivía con su familia, pero una gran tempestad arrasó su casa y con ella lo que más quería, su esposa y sus hijos. Él pudo salvar su vida, gracias a un gran árbol que le sostuvo entre sus ramas y cuando pasó la tormenta, caminó sin rumbo fijo, y hasta allí llegó a pedir clemencia para su desgracia, porque todo lo había perdido. Éste que escuchaba el relato no tuvo por menos que compadecer el infortunio ajeno, que era mayor al suyo, le hizo pasar a su casa, le dio albergue y comida, le dijo que descansara y a otro día de mañana, antes de emprender su marcha, le dio algún donativo que aliviara su desgracia.

Pero éste quedó pensando
lo que de aquel escuchara.

El creía que su dolor
era el mayor infortunio
y no quería soportar
contratiempos que la vida
a todos nos suela mandar.

Pero Dios, que es sabio y bueno,
le hizo entrar en razón
presento el dolor ajeno
y puesto en comparación,
lo suyo era pasajero.

Qué ingrato me veo ahora,
decía reflexionando,
me han hecho ver de la vida
el lado bueno y amargo.

Ahora entiendo mejor
que yo no debo quejarme
he de aceptar lo que venga
porque es justo que me pase.

Y si un día mi desgracia
fuese todavía mayor
nunca debo de quejarme
porque yo confío en Dios.

Quiero ver de cada cosa
la parte más positiva
si me llega un contratiempo
debo agradecer a Dios
que me da luz y su aliento
para entenderlo mejor.

Si viene la enfermedad
que tenga que padecer
yo con gusto aceptaría,
es ventajoso saber
que ese dolor nos libera
de nuestra carga de ayer.

Que los grandes triunfadores
en las escalas Divinas
fueron m·rtires ayer
por defender sus ideas
o esclarecer sus doctrinas.

Varias veces sucumbieron
y siempre se levantaron
nunca su fe la perdieron
y así la gloria ganaron.

Porque la vida es así
muchas pruebas, muchas zarzas
mucho lodo en el camino
que nos pervierten y contagian.

Pero si miras al cielo
de donde llega la luz
nuestra mente se despeja
y la conciencia refleja
la paz de tu corazón
que es la mayor garantía
que puedo ofrecerle a Dios.


(Originalmente publicado en la Revista LA HORA DE LA VERDAD - Octobre 2002)