¿Para
dónde vamos?
FEE
Si la religión, apropiada en el principio
a los conocimientos limitados de los hombres, siempre hubiese seguido el
movimiento progresivo del espíritu humano, no habría incrédulos,
porque está en la naturaleza del hombre tener la necesidad de creer,
y él creerá si se le diere un alimento espiritual en armonía
con sus necesidades intelectuales
Nosotros vivimos, pensamos, actuamos, he aquí lo que es positivo;
nosotros morimos y eso no es menos cierto.
Dejando la Tierra ¿para dónde vamos? ¿En qué
nos convertiremos? ¿Seremos mejores o peores? ¿Seremos o no
seremos? Ser o no ser, tal es la alternativa; es para siempre o para nunca;
es todo o nada: o viviremos eternamente, o todo acabará sin retorno.
Bien vale la pena pensar en eso.
Todo hombre siente la necesidad de vivir, de gozar, de amar, de ser feliz.
Decidle a aquél que sabe que va a morir que él vivirá
aún, que su hora será retardada, decidle, sobretodo, que será
más feliz de lo que nunca fuera, y su corazón va a palpitar
de alegría.
Mas, ¿para que servirían esas aspiraciones de felicidad si
un soplo puede hacerlas desvanecer?
¿Hay algo más desesperante que ese pensamiento de la destrucción
absoluta? ¡Afectos santos, inteligencia, progreso, saber laboriosamente
adquirido, todo será aniquilado, todo estará perdido! ¿Cuál
sería la necesidad del esfuerzo para volverse mejor, de la represión
para contener sus pasiones, de fatigarse para adornar su Espíritu,
si de eso no se debe recoger ningún fruto, sobretodo, con ese pensamiento
de que mañana tal vez eso no nos servirá de nada? Si así
fuese, la suerte del hombre sería cien veces peor que la del animal,
porque el animal vive enteramente en el presente, en la satisfacción
de sus apetitos materiales, sin aspiración en cuanto al futuro. Una
secreta intuición dice que eso no es posible.
Por la creencia en la nada, el hombre concentra fuertemente todos sus
pensamientos sobre la vida presente.
No podría, en efecto, lógicamente preocuparse con el futuro
que él no espera.
Esa preocupación exclusiva del presente conduce, naturalmente, a
pensar en sí antes de todo; es, pues el más poderoso estímulo
al egoísmo y el incrédulo es coherente consigo mismo cuando
llega a esta conclusión: gocemos mientras estamos aquí, gocemos
lo máximo posible, porque después de nosotros todo habrá
terminado; gocemos de prisa, porque no sabemos cuanto durará esto.
Y a este otro, también muy grave para la sociedad: gocemos a pesar
de todo; cada uno por sí; la felicidad, en este mundo, es del más
audaz.
Si el respeto humano retiene a algunos, ¿qué freno pueden
tener aquellos que nada temen?
Ellos dicen que la ley humana no alcanza sino a los torpes; por eso aplican
su genio en los medios de eludirla.
Si hay una doctrina malsana y antisocial, seguramente, es la del nihilismo
porque rompe los verdaderos lazos de la solidaridad y de la fraternidad,
fundamento de las relaciones sociales.
Supongamos que, por cualquier circunstancia, todo un pueblo adquiriese la
certeza de que, en ocho días, en un mes, en una año si se
quiere, él será aniquilado y ningún individuo sobrevivirá,
que no quedará ninguna huella de si mismo después de la muerte;
¿qué hará durante este tiempo?
¿Trabajará por su mejoramiento, por su instrucción?
¿Se entregará al trabajo para vivir? ¿Respetará
los derechos, los bienes, la vida de sus semejantes? ¿Se someterá
a las leyes, a una autoridad, cualquiera que sea aun la más legítima:
la autoridad paterna?
¿Tendrá para sí un deber cualquiera?
Seguramente que no. ¡Pues bien! Lo que no se alcanza en masa, la doctrina
del nihilismo lo realiza, cada día aisladamente.
Si las consecuencias de eso no son tan desastrozas como podrían serlo,
es en primer lugar porque, entre la mayoría de los incrédulos,
hay más de fanfarronería que de verdadera incredulidad, más
duda que convicción y porque tienen más miedo de la nada de
lo que procuran aparentar; el título de espíritu fuerte lisonjea
su amor propio; en segundo lugar porque los incrédulos absolutos
son una ínfima minoría; sienten, a pesar suyo el ascendiente
de la opinión contraria y son mantenidos por una fuerza material.
Pero, si la incredulidad absoluta se volviere un día la opinión
de la mayoría, la sociedad estará en disolución.
Es a lo que tiende la propagación de la doctrina del nihilismo.
Cualquiera que sean las consecuencias, si el nihilismo fuese una verdad,
sería preciso aceptarlo y no serían ni sistemas contrarios,
ni el pensamiento del mal que de él pudiese resultar lo que podrían
hacer con que no fuese. Ahora bien, no se puede disimular que el escepticismo,
la duda, la indiferencia, cada día ganan terreno, a pesar de los
esfuerzos de la religión; y esto es positivo.
Si la religión es impotente contra la incredulidad, es que le falta
algo para combatirla, de tal suerte que, si permaneciese en la inactividad,
en un cierto tiempo ella estaría infaliblemente sobrepasada.
Lo que le falta, en este siglo de positivismo, cuando se quiere comprender
antes de creer, es la sanción de sus doctrinas por los hechos positivos;
es también la concordancia de ciertas doctrinas con los datos positivos
de la ciencia. Si ella dice blanco y los hechos dicen negro, es necesario
optar entre la evidencia y la fe ciega.
Es en este estado de cosas que el Espiritismo viene a oponer un dique a
la invasión de la incredulidad, no solo por el raciocinio, no solo
por la perspectiva de peligro que ella ocasiona, sino por los hechos materiales,
haciendo tocar los dedos y mirar el alma y la vida futura.
Cada uno es libre, sin duda, en su creencia, en creer en algo o en no creer
en nada; mas aquellos que procuran hacer prevalecer, en el espíritu
de las masas, de la juventud sobre todo, la negación del futuro,
apoyándose en la autoridad de su saber o en el ascendiente de su
posición, siembran en la sociedad los gérmenes de la perturbación
y de la disolución e incurren en una gran responsabilidad.