NUESTRA CRUZ

En muchos momentos de nuestra vida, los problemas y preocupaciones llegan a ser tan graves y dolorosos que nublan nuestra percepción y pensamos que somos los únicos que sufren sus consecuencias. Debemos reconocer que nuestra estancia en la tierra está llena de pruebas, caminos pedregosos y cuestas pronunciadas que cuestan gran trabajo subir, pero que al llegar a su final sin haber retrocedido, todo se verá llano y florido.

Al hilo de las palabras anteriores, leí un caso en internet, que de manera figurada hablaba de un joven que ya no podía soportar más los problemas que tenía. Cayó de rodillas, y rezando imploraba a Dios: "Señor, no puedo seguir. Mi cruz es demasiado pesada".

El Señor, como siempre, acudió y le contestó: "Hijo mío, si no puedes llevar el peso de tu cruz, guárdala dentro de esa habitación. Después, abre esa otra puerta y escoge la cruz que tú quieras".

El joven suspiró aliviado. "Gracias Señor", dijo, e hizo lo que le habían dicho. Soltó su cruz en aquella habitación, y dio media vuelta para entrar por la otra puerta. Al entrar, vio muchas cruces, algunas de ellas tan grandes que no les podía ver la parte de arriba. Después, vio una pequeña cruz apoyada en un extremo de la pared.

Comparando los tamaños de todas las que estaban en la habitación, se decidió a escoger la más pequeña. "Señor", susurró, "quisiera esa que está allá".

Y el Señor contestó: "Hijo mío, esa pequeña cruz que te quieres quedar, es precisamente, la cruz que acabas de dejar".

Cuando los problemas de la vida nos parecen abrumadores, siempre es útil mirar a nuestro alrededor, y ver las cosas con las que se enfrentan los demás. Verás que debes considerarte más afortunado de lo que te imaginas.

Cualquiera que sea tu cruz, cualquiera que sea tu dolor, siempre brillará el sol después de la lluvia, y llegar· la calma después de la tempestad.


(Editorial de la Revista LA HORA DE LA VERDAD - Agosto 2002)