UNA LECCION PARA TODOS

Mariví Molina

Hace unos días, y mientras me encontraba trabajando en la Residencia de Ancianos que nuestro grupo posee, vi subir por las escaleras a la planta de inválidos, a dos niños de unos diez u once años. Eran las cinco y media de la tarde, y marchaban fijándose en el interior de las habitaciones. Llevaban flores naturales de distintas clases. Yo pensé que vendrían a ver a un familiar, pero al verlos un poco perdidos les pregunté que a quién buscaban y ellos me contestaron: "a los ancianos, queremos pasar la tarde con ellos". Yo les informé que estaban en la planta de los residentes asistidos, personas enfermas de alzheimer, demencias, y otras enfermedades del sistema nervioso, por lo cual no iban a poder mantener una conversación con ellas, pensando yo en todo momento que para la corta edad que tenían les pudiera impactar de alguna manera el estado de esas personas al ser agresivas, introvertidas y nada comunicativas.

Les ofrecí subir a la segunda planta que es de personas válidas con las que podían hablar, jugar, etc. Cual fue mi sorpresa cuando me contestaron: "tenemos tiempo para estar con todos los residentes, porque todos tienen derecho a divertirse con nuestros juegos, además estamos acostumbrados a convivir con estas personas". Aquella respuesta tan madura me impactó e hizo despertar mi curiosidad sobre la procedencia de estos dos seres tan pequeños en edad, pero tan grandes de espíritu. Eran hermanos y procedían del norte de España, y se habían venido a vivir a Fuente Vaqueros, a unas casas más arriba de la Residencia.

Yo les escuchaba hablar con los abuelos y parecía que estaban hablando dos personas maduras y llenas de amor, los besaban y abrazaban sin importarles el estado en el que se encontraban. Les preguntaron a todos sus nombres con una paciencia inaudita en chicos de esa edad y los apuntaron en una libreta para que no se les olvidaran. Después continuaron con unos juegos, adivinanzas a las cuales ellos mismos daban solución debido al estado mental de estas personas, daban como premio flores de las que ellos habían cortado de su propio jardín.

Antes de marcharse se me acercó uno de los hermanos y me preguntó cómo se podía hacer voluntario en nuestra residencia. Yo le contesté que hoy en día con las leyes que se han impuesto para ser un verdadero voluntario se debe estar apuntado a una O.N.G., pero que si quería venir a visitar a los ancianos podía hacerlo cuando quisiera. A lo que me contestó que todos los días no podría venir por el colegio, pero que las tardes en que las actividades extraescolares se lo permitieran, ella y su hermano vendrían. Se despidieron y se fueron.

Cuando se cerró la puerta, yo me pregunté cuántas personas tendríamos la valentía de ofrecernos en un sitio que no conocemos, dejando a un lado los perjuicios, hablando con la educación y la inteligencia de aquellos dos niños, que cambiaban las horas de juego por el tiempo dedicado al prójimo.  Aquella tarde me vi tan pequeña al lado de aquellos seres que nos habían visitado, que me hizo pensar lo mal que estamos aprovechando la dicha del conocimiento que tenemos sobre la vida, que sabiendo lo que sabemos, seguimos esperando sentados en una butaca sin dar los pasos correspondientes para ser merecedores de ese milagro.

Analicemos, ¿en qué estamos invirtiendo nuestro tiempo del día? ¿Ha sido provechoso para nuestro desarrollo espiritual? ¿Lo podíamos haber mejorado? Estos dos niños son un ejemplo de aprovechamiento del día, lo dedicaban a su desarrollo intelectual acudiendo al colegio y a las actividades extraescolares, y al desarrollo espiritual aliviando desinteresadamente y en la medida de sus posibilidades al prójimo. ¿Qué hacemos nosotros?

(Originalmente publicado en la Revista LA HORA DE LA VERDAD - Octobre 2002)