Por amor nacemos, y en brazos del amor
partimos cada vez que suena la trompeta lejana, anunciándonos
que se nos apagó la llama de la carne.
El amor nos trae y nos lleva como un sabio y bondadoso ferroviario por
las estaciones de la vida...
Con el amor sentimos la plenitud del dolor y el amanecer de la Dicha; y
entre la lágrima y la sonrisa, crece un manantial antiguo
llamado sabiduría.
Por Él sentimos nuestro el latir de otros corazones, aunque nos
separen continentes; y por Él notamos el frío y el calor
de la vida... de cada vida, con sus ausencias y sus retornos.
A través de Él sentimos todos los inviernos y primaveras,
cada atardecer y cada plenilunio de la Tierra.
Él es todas las voces y todos los silencios... todas las cosas
que nunca se dijeron, y todas las que algún día se
dirán.
Con Su permiso, somos conducidos cuando llega el sueño, por los
alados senderos del espacio y de la memoria; hacia las dulces plazuelas
y las umbrías alamedas donde nos reciben los cariños de
antaño...
El Amor nos instruye a través de la amistad, la ausencia y el
embeleso.
De Su mano intuímos otros cielos y otros soles, que nuestra
vista no puede alcanzar y solo nuestra vieja alma presiente.
Él es el espíritu y la ciencia que se esconde en todas
las cosas, y por Él nos matriculamos en la Escuela grandiosa de
la vida, donde vamos y venimos en un peregrinaje milenario...
Por Él sentimos más allá de la esposa o el
compañero, de la madre o la hermana...
Él es el único camino a Dios, y a la vez, es el mismo
Aliento Divino que late invisible y poderoso en todas las cosas... eres
tú y también yo, y el espacio que queda entre los dos.
Autor: Un hermano