RECOGEMOS EL FRUTO DE
LO QUE SEMBRAMOS


José García


Todos sabemos por experiencia propia, que las personas no respondemos siempre a unas mismas pautas de comportamiento, ni mantenemos una línea regular y homogénea en la forma de presentarnos a los demás, siendo por tanto muy distinto el sentido y la intención que a veces le imprimimos a nuestras palabras. Este hecho, que lamentablemente nos ocurre a todos, viene dado por el estado de ánimo que persiste en nuestro interior, que muchas veces está motivado por el ambiente y las circunstancias que nos rodean, y que además incide de una forma directa, en la imagen que cada uno proyectamos hacia el exterior.

Ni que decir tiene, que estos cambios de actitud por nuestra parte, son la causa de crear malestar y entorpecer las relaciones de buena convivencia que deben existir con las personas que nos rodean, con lo cual, lo único que conseguimos, es crear desconfianzas y recelos, en un ambiente enrarecido, donde terminamos, no sólo con no estar de acuerdo con la actitud de los demás, sino a veces no estamos de acuerdo ni con nosotros mismos.

Pues bien, pensando sobre esto y dándole vueltas al tema, he llegado a la conclusión de que, igual que llegan enfermedades como por ejemplo la gripe, que nos afecta a muchas personas a la vez debilitando nuestro organismo y dejándonos inactivos para nuestro trabajo, así mismo llegan otras, que podríamos considerar como enfermedades del alma portadoras de un virus que penetra en nuestro interior y ataca y destruye nuestras defensas espirituales, dejándonos incapacitados para realizar ese trabajo moral que tenemos el deber de realizar, toda persona responsable y sensata. Y con mucho más motivo, si estamos comprometidos en la noble tarea de trabajar para conseguir un mundo más humano, más equitativo y más solidario.

Ya sabemos, que para combatir la gripe y otras tantas enfermedades, la ciencia trabaja constantemente en la consecución de vacunas que contrarresten los efectos que éstas producen, y gracias a su constancia, consiguen su objetivo en un alto porcentaje.

Para las enfermedades del alma es muy distinto, ya que estamos un gran número de personas con la suficiente información, para conocer las fórmulas que previenen y evitan el riesgo de la enfermedad, sobre todo si a la hora de obrar, le ponemos atención a nuestra propia conciencia. Pero no siempre tenemos la valentía de aplicar el remedio a su debido tiempo, con lo cual, corremos el riesgo de que la enfermedad se haga crónica, lo que conlleva mayores dificultades para poderla erradicar.

Por todas estas razones tenemos que reconocer, que es un error reafirmarnos en la idea de que la culpa es de  los otros. En este caso tendríamos que recordar la frase de aquel Gran Maestro cuando dijo: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra".

Todos podemos equivocarnos, como asimismo todos tenemos el deber de corregir nuestros errores en ese plazo de tiempo que se nos concede para ello; por cierto, que ninguno sabemos cuando finaliza. De lo que sÍ podemos estar seguros es que, al final de todo, cada uno recoge el fruto de lo que siembra.

(Originalmente publicado en la Revista LA HORA DE LA VERDAD - Marzo/Abril 2003)