La facilidad con que todas las religiones se han subdividido
hasta ahora en sectas que formaron cuerpo de doctrina aparte
del centro originario donde se habían creado, es una prueba
de lo ingratas que han sido con la razón humana, de la
violencia con que han planteado sus dogmas. Y por consiguiente
de la inarmonía en que han vivido con la verdad y hasta
con la naturaleza, esa providencia inevitable a través
de la cual tiene que buscar el alma a su Creador.
Las religiones han cumplido con su misión. Las hemos visto
no sólo encauzar el sentimiento de los hombres según
sus necesidades y aspiraciones de los pueblos sobre los cuales
han dominado, sino también responder inmediatamente al
deseo que induce al corazón humano a creer y esperar en
algo concreto y definido, sin género de vacilaciones y
dudas.
El Espiritismo cumplirá también la suya. No se
funda en la necesidad arbitraria de un deseo, sino en la necesidad
de la razón. Viene lentamente, con esa lentitud con que
la pequeña nube invade todo el cielo, marchando con la
ciencia del mal, que sin existir, su sola idea ha dejado sobre
las pasadas generaciones densas tinieblas, huellas de sangre,
ignorancia y horrores sin cuento.
El Espiritismo no se presenta, pues, envuelto en el misterio.
Viene con la naturaleza, rechaza lo violento e inarmónico.
Sus dogmas tendrán que ser axiomas cuando fije como
incontestables
los principios que sustenta. No necesita ciegos prosélitos
ni apasionados campeones, sino amigos insaciables del bien y
constantes partidarios en el campo de la sabiduría.
El Espiritismo lo invade todo. Busca el medio de mejorar las
condiciones así morales como materiales del hombre. Busca
su bienestar así en la Tierra como en los cielos. Estudia
en la historia a la Humanidad, con el geólogo el planeta,
con el químico la materia, con el antropólogo y
el fisiólogo al hombre, con el astrónomo el movimiento
de los mundos. Registra desde el génesis hasta el Apocalipsis,
desde los Vedas y Confucio hasta los libros de las teogonías
más modernas, para rebuscar en ese sagrado depósito
humano algo tradicional que añadir a la verdad.
Nuestra fe nadie nos la impone, nosotros nos la creamos. Y sentimos que
así que nuestro corazón se ensancha, y que
nuestro espíritu se agita. Algo hay en torno nuestro sobre
nuestras cabezas y a nuestros pies. Y este algo lo invocamos
y nos responde y nos alienta para marchar al porvenir. Y marchamos
seguros de encontrar más allá el bien. La razón
nos guía, y con ella cada vez vemos más claro el
camino que emprendemos, Siendo esta luz inextinguible,
¿cuál
será nuestra felicidad?...
No, no reconocemos más que una autoridad y un dogma, la verdad.