LA EXTRAÑA PERSONA
Manuel Robles
Monte arriba, caminando
con dirección a la cima,
antes de que el sol asomara
alumbrando la colina.
Cuántas cosas yo pensaba
mientras iba caminando
que nadie me contestaba
sobre lo que iba pensando.
¿Por qué somos los humanos
tan distintos al obrar,
que todos nos inclinamos
a reproducir el mal?
¿Por qué desde que nacemos
hasta que desencarnamos
más que pagar si debemos
las dudas nos aumentamos?
¿Por qué dentro de la carne
llevamos dos arsenales
de virtudes y defectos
hasta que somos mortales?
¿Cuando llegará ese día
que al salir el bello sol
sólo reine la alegría
y ya no exista el dolor?
Todo ésto iba pensando
mientras subía la cima,
y una sorpresa llevé
como nadie se imagina.
Otro hombre había llegado
antes de que yo lo hiciera,
en una piedra sentado
con presencia placentera.
En su cabeza portaba
un agostado sombrero
más bien parecía un pastor
conocedor del terreno
y muy tostado del sol.
Sobre sus manos llevaba
un libro que yo veía
y al verlo me preguntaba
¿quien será el que supiera
lo que aquel libro decÌa?
Que curiosidad la mía
al ver aquel personaje
más que nada por saber
lo que aquel libro decía.
Y decidido en mi intento,
una vez que lo mire,
puse mi idea en proyecto
y esto le pregunte.
¿Cree que el mundo en que vivimos
se podrá poner mejor
olvidando los caminos
que producen el dolor?
El extraño forastero
miró el libro que tenía,
y moviendo su cabeza
pronto me dijo que no.
¿Cree que lo que sucede
es por algo que debemos
y no habrá indulto ni paz
hasta que al fin no paguemos?
El libro volvió a mirar
y dirigiéndose a mi
asintiendo la cabeza
volvió a confirmar que si.
¿Crees que llegado el día
de ese final anunciado,
haya alguna profecÌa
de que el sol será apagado
y que no habrá luz del dÌa?
Volvió a confirmar que sí,
después de que había mirado
aquel libro que tenía
que en él estaba grabado.
Cuando pensé preguntarle
quiénes sobrevivirían,
deje de mirarlo a él
porque oí un extraño ruido.
Pero al volver la cabeza
para mirarlo otra vez
cuál grande fue mi sorpresa,
porque la extraña persona
había desaparecido.
Solo me quedé en la cima
y diciendo, ¡oh, Dios mío!
¿Qué es lo que se aproxima?
¿Quién es éste que ha venido?
En la última pregunta
que yo le pensaba hacer
no me había contestado,
sólo Dios lo ha de saber.
De allí me bajé pensando,
sobre todo confiado,
que cada cual cogerá
aquello que haya sembrado.