EL PERDÓN
Leonor Balderas
Hermosa palabra, que todos valoramos como positiva, en las ofensas a nuestros
agravios, pero qué difícil es llevarla a la práctica,
cuando hay que trabajar sobre ella.
La persona, cuando es generosa y comprensiva, trata de olvidar los agravios
que puede recibir de otros, pone en ello su buena fe de no querer dar importancia
a los hechos ocurridos, porque sabe que es grave la enfermedad, cuando se
alberga en su corazón el odio o rencor hacia alguien, que me hizo o
me dijo tal ofensa que no puedo olvidar.
Nos han enseñado a perdonar, y perdonando siente más satisfacción
nuestra alma, y se eleva más hacia Dios, que cuando es lo contrario,
que se aleja y se mortifica. Según el evangelio, le preguntaron a Jesús:
¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Siete veces?
Jesús contesta: No os digo siete veces, pero sí hasta setenta
veces siete.
Esto nos da a entender, que más que tomar represalia contra nuestros
enemigos, hemos de compadecerlos, y dejar ese trabajo para la Justicia Divina,
que sabrá dar a cada uno aquello que merezcamos. A veces nos llenamos
de razón porque creemos tenerla, y después hay otras razones,
que nuestra pobre mentalidad no alcanza ni comprende.
Pero tenemos muchos ejemplos si queremos fijarnos en ellos e imitarlos.
En el mundo hay millones de seres, unos buenos, malos o regulares, y Dios
cada mañana nos da a todos por igual, el sol, la lluvia, las estrellas,
el día y la noche. No hace distinción en decir, para unos lo
bueno, para otros lo malo que es lo que se merecen, eso lo deja para el día
final, donde cada cual veremos ante nuestros ojos pasar la película
de nuestra vida, que reflejará claramente la verdad de nuestros hechos,
y de la que ninguno podremos evadirnos. Allí no podremos ocultar nuestras
malas inclinaciones, aquellos funestos pensamientos que nadie ve, pero a veces
los dejamos reflejar en nuestras actuaciones. Dios es paciente con nosotros,
no se altera ni se arrebata, desea lo mejor para todos, y aquel que lo sepa
imitar, podrá llamarse bienaventurado.
Es una realidad que el tiempo pasa, nunca se detiene y un día llegaremos
al final de nuestra existencia, con las pérdidas o ganancias que cada
uno hayamos podido obtener. Nos han marcado los senderos que nos conducen
hacia Dios, tenemos la posibilidad de andar por ellos sin equivocar el camino,
pero hay que despojar de nuestro interior, todo lo que vaya relacionado con
la maldad, porque eso Dios lo detecta, y para llegar a su lado tiene que ser
por la senda del bien, de la honradez, de la verdad, de la caridad, sin dobles
intenciones. Pero, sobre todo, comprendiendo que no somos perfectos, todos
tenemos nuestros grandes o pequeños defectos, y deseamos que los demás
nos comprendan y nos perdonen.
Quizás mañana nos daremos cuenta de ello y rectifiquemos,
pero mientras tanto, tenemos que saber que si nos apartamos de la vereda
recta que nos marca la Ley Divina, iremos enturbiando las claras aguas de
ese río, donde todo se altera y se trastorna, sin que haya paz ni
armonía. La forma de conseguir la única felicidad que
existe en este mundo es llevando un corazón limpio, dispuesto a hacer
el bien en todos los órdenes siempre que se pueda, aunque ello cueste
trabajo y sacrificio, pero m·s tarde recoger· el fruto de lo
que antes haya sembrado aquí.