A La Memoria de Mi Madre
Amalia Domingo Soler
¡Madre del corazón!, cuánto he sufrido
a la triste ignorancia de mi vida;
cuando tu inmenso amor miré perdido
creyendo que era eterna tu partida;
cuando en tus sienes no encontré un latido
cuando tu dulce voz quedó extinguida,
y en mi horrible ansiedad y en mis enojos
perdí la luz de tus hermosos ojos.
¡Tus ojos!..., que habían sido en mi existencia
faros de salvación y de consuelo,
destellos de la santa providencia
luminares purísimos del cielo;
ídolos de mi fe, de mi creencia,
que yo adoraba con ardiente anhelo
porque antes de perderte comprendía
lo mucho que me amabas, ¡madre mía!
¡Cuánto me amaste! Si; yo fui tu gloria,
tu ensueño de placer jamás perdido,
capitulo el más triste de tu historia
y para ti, sin duda, el más querido.
El afán de tu vida transitoria
fue evitar a mis labios un gemido;
pensar en mi dolor, fue la gran pena
que te hizo sucumbir ¡Eras tan buena!
Que no es extraño que, al perderte, el llanto
fácil brotara de mis tristes ojos;
y que en mi soledad sintiera espanto,
y en mi camino hallara solo abrojos.
La vida en su terrible desencanto
¿que le ofrece al mortal?, luto o enojo.
El que fija en la tierra su mirada
¿qué ha de encontrar? El hielo de la “nada”.
Eso encontraba yo, madre querida;
por eso ante tu losa funeraria
pasaba muchas horas de mi vida
sin elevar al cielo una plegaria;
en tu recuerdo santo embebecida
mi mundo era tu huesa solitaria,
siendo todo el mi afán, en mis dolores,
cubrir tu tumba con hermosas flores…
Una voz murmullo, un eco vago
resonó de la tierra en el abismo,
y un “algo” misterioso, en dulce halago
la frente acarició del ateismo.
Quien dijo, que la muerte ha hacia estrago,
por medio de la “magia” o Espiritismo,
y asombradas las gentes repetían
¡que los muertos hablaban y sentían!
Los unos con desdén los escucharon,
los otros de pavor se estremecieron
algunos por “reírse” investigaron,
y sin saber “por qué” se concedieron.
Aquellos que en su mente conservaron
recuerdos de los seres que perdieron,
sintieron renacer en su memoria
de su existencia la pasada historia.
La sentí también, brotó en mi mente
vertiginosa…delirante idea
comprendí que había un Ser Omnipotente
y exclamé con amor: ¡Bendito Sea!
Admiré la gran “causa” inteligente,
miré en la ciencia luminosa tea
que nos mostraba mundos y planetas,
que nunca los soñaron los poetas.
Vi hombres rudos, sencillos, ignorantes,
trazar sobre el papel rasgos extraños,
pigmeos convertidos en gigantes,
sin doblez, sin mentira, sin engaños;
yo vi la conmoción en sus semblantes
y lamenté los juveniles anos,
que he perdido dudando que vivían,
que los muertos hablaban y sentían.
Viven, sienten, se agitan, se estremecen,
velan amantes nuestro triste sueño,
del globo terrenal desaparecen,
que ahí lo quiere su divino dueño.
Mas siempre en nuestra lucha nos ofrecen
de la esperanza el mágico leño.
Por eso contemplaba siempre, madre mía.
Te contemplaba, si; junto a mi estabas,
y yo creyendo que un delio era,
mi frente cariñosa acariciabas
murmurando: “Prosigue tu carrera”.
Tus ojos en mis ojos los fijabas,
diciendo en su expresión, sufre “y espera”;
y yo entretanto en mi dolor profundo
me encontraba ¡tan sola en este mundo!
Sola viviendo tú ¡fatal locura!,
¡qué tiempo tan precioso he consumido
lamentando mi horrible desventura!,
expiación que sin duda he merecido,
pero ya terminó; radiante y pura
contemplo hermosa luz, y conmovido
mi corazón se agita y en mi mente,
tres épocas se enlazan dulcemente.
Mi “ayer” con tu ternura sacrosanta,
mi “presente” flotando en el vacío,
mi “porvenir”que al cielo se levanta
exclamando, yo espero, yo confío;
y la fe racional, eterna planta
que la ciencia la sirve de sus flores
y a su sombra se extinguen mis dolores.
Espiritismo ¡ciencia bendecida!
Espiritismo ¡religión sagrada!
Foco del bien ¡antorcha de otra vida!
Filosofía en la razón basada;
la ley de recompensa merecida;
la negación eterna de la “nada”,
el amor al progreso y la gloria,
de la creación la legendaria historia.
Yo reconozco tu verdad innegable,
De Dios presentas la perfecta hechura
En sus divinas leyes en su ternura:
Tu doctrina es sublime, es adorable,
Es practicar la caridad más pura;
Feliz de aquel que al borde del abismo
Oye tu voz, ¡gigante Espiritismo!
(poesía
escrita por Amalia en 1873 y reproducida del libro Memorias)